I Passed By Here So Many Times, and Never Saw You Before

by Yolanda Castaño


I Passed By Here So Many Times, and Never Saw You Before

We are making a detailed inventory,

like the herbarium of an unforeseeable constellation.

First are the lilies, adornment of splattered stars;

the dahlias and the chrysanthemums;

the poppies need to be included because those tiny, shy flowers also deserve it.

The fig tree's flower is subliminal.

The most bookish of all: the capitula of the infloresences.

The orchid is clearly a lascivious flower,

it too closely resembles–I shan't go there.

The hibiscus fills the afternoon with whims and proverbs.

Hydrangeas: tell me how happy I was here.

There are the iris, the lavender, what is called the tea rose.

And then there is the magnolia that, as its name indicates,

must once have been the emblem of some kind of Mongol sovereignty.

Callas, anemones, the rhododendron's hardened indication.

Then there are other prodigies findable in distant latitudes,

like the unspeakable chilamate flower,

that is felt but not seen, like

that deep love that rises like a bellow from the knees.

There are

water lilies, Chinese roses, dandelions.

We also have cosmos and sage and impatiens but those are already

more conceptual flowers.

The passion-flower is like the throne of an answer, the

canopy of a consideration.

There are flowers that forever bear the name of the first eye that saw them.

Lilacs, marigolds, carnations.

I cannot forget the mimosas, swarm of tiny warnings,

nor my most spoiled: the indecent scent of the bougainvilleas.

 

But, I already told you–I don't know, it's strange,

I've passed by here so many times and

no,

I never saw you

before.

© translated by Lawrence Schimel

Pasé tantas veces por aquí, y… nunca os había visto.

Estamos elaborando un inventario minucioso,

como el herbario de una constelación impredecible.

Están primero los lirios, aderezo de estrellas precipitadas,

las dalias y los crisantemos,

hay que contar a las amapolas porque también lo merecen las

flores tímidas y menudas.

La de la higuera es una flor subliminal.

Las más librescas de todas, las inflorescencias en capítulo.

La orquídea es claramente una flor sicalíptica,

se imita demasiado, no sigo por ahí.

El hibisco llena de antojos y proverbios la tarde.

Hortensias: contadme cuánto de feliz fui aquí.

Están los iris, la lavanda, la llamada rosa de té.

Y luego está la magnolia que, como su nombre indica,

en tiempos debió de dar emblema a algún tipo de soberanía mongol.

Calas, anémonas, el aguerrido síntoma del rododendro.

Después están otros prodigios registrables en latitudes apartadas,

como la indecible flor del chilamate,

que se siente pero no se ve, como

ese profundo amor que sube como un bramido desde las rodillas.

Hay

adargas de río, rosas chinas, dientes de león.

Tenemos también cosmos y azar y pensamientos pero esas son ya

flores más conceptuales.

La pasiflora es como el trono de una respuesta, el

baldaquino de una consideración.

Hay flores que llevan para siempre el nombre del primer ojo que las vio.

Lilas, caléndulas, clavellinas.

No puedo olvidar las mimosas, enjambre de diminutas advertencias,

ni a mis absolutas consentidas: fragor indecente de las buganvillas.

 

 

Pero, ya os decía, no sé, es curioso,

pasé tantas veces por aquí y…

no,

no os había visto

nunca.

© Yolanda Castaño, Cuadernos de Villa Waldberta/Aufzeichnungen aus der Villa Waldberta (Instituto Cervantes of Munich and Munich City Council, Germany, 2012)